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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 28/03/2021

PORQUE NOS AMÓ HASTA EL EXTREMO

Jesús conoció el suplicio más cruel y horrible que existía. En primer lugar, Pilato ordenó flagelarle. Él sabía además que a eso le seguiría la cruz, que no era solo un instrumento de ejecución sino también un instrumento de tortura refinadamente cruel porque la muerte llegaba después de desgarradores tormentos y una lenta y muy dolorosa agonía

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PORQUE NOS AMÓ HASTA EL EXTREMO


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La Jesús conoció el suplicio más cruel y horrible que existía. En primer lugar, Pilato ordenó flagelarle. Él sabía además que a eso le seguiría la cruz, que no era solo un instrumento de ejecución sino también un instrumento de tortura refinadamente cruel porque la muerte llegaba después de desgarradores tormentos y una lenta y muy dolorosa agonía formaba parte de la experiencia cotidiana de la gente en el Imperio Romano. Por lo tanto, Jesús sabía muy bien lo que le esperaba y la noche anterior, en Getsemaní, llegó a decir a Pedro, Santiago y Juan: «Mi alma está triste hasta el punto de morir» (Mc 14, 34). Nunca antes había hecho una confidencia tan conmovedora sobre su estado de ánimo.

Jesús conoció el suplicio más cruel y horrible que existía. En primer lugar, Pilato ordenó flagelarle. Él sabía además que a eso le seguiría la cruz, que no era solo un instrumento de ejecución sino también un instrumento de tortura refinadamente cruel porque la muerte llegaba después de desgarradores tormentos y una lenta y muy dolorosa agonía.

Los condenados, con una tablilla colgada del cuello que indicaba el motivo de la sentencia, eran obligados a cargar con el travesaño horizontal de la cruz. Algunos, debilitados ya por la flagelación, morían por el camino; Jesús cayó hasta tres veces al suelo. Al llegar al lugar elegido, los condenados eran desnudados completamente para aumentar su humillación, les flagelaban de nuevo y les clavaban en la cruz. Como no se dañaba directamente ningún órgano vital, su agonía podía durar largas horas. Además, con el fin de impedir un final rápido, el travesaño vertical tenía un pequeño soporte de madera donde les colocaban a horcajadas. Por fin llegaba la muerte por extenuación y asfixia.

Pero ni siquiera con la muerte terminaba la humillación de los condenados porque sus cadáveres permanecían desnudos en la cruz, expuestos públicamente para mofa y escarnio de los asistentes hasta el anochecer. Por último, ni siquiera eran enterrados; los descolgaban de la cruz y los arrojaban en un basurero. En el caso de Jesús, un discípulo clandestino llamado José de Arimatea, que era rico e influyente, logró que Pilato le entregara el cadáver para enterrarlo (cf. Mt 27, 57).

Nosotros estamos acostumbrados a ver representaciones de Cristo en la cruz llenas de dignidad y serena belleza, que evocan la nobleza del amor supremo consistente en dar la vida por los demás (cf. Jn 15, 13) y anticipan la resurrección. Pero la realidad tuvo que ser más amarga. La imagen de Cristo en la cruz, después de varias horas de tortura, tuvo que ser aterradora, evocando espontáneamente el Cuarto cántico del Siervo del Señor: «Muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano» (Is 52, 14).

Antes de expirar, Jesús tuvo fuerzas todavía para decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34); y es aquí donde radica la extraordinaria e inigualable razón divina de Aquel que fue crucificado, muerto y sepultado: porque nos amó hasta el extremo.

Jesús García Aiz




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