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La mirada mecánica

Opinión - Carlos de Paz
Fotógrafo independiente - 03/10/2013

LA MIRADA MECÁNICA

Almeria 24h
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LA MIRADA MECÁNICA

©Carlos de Paz - Almería 2009

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LA MIRADA MECÁNICA

©Carlos de Paz - Almería 2009

LA MIRADA MECÁNICA

©Carlos de Paz - Almería 2006

En esta nueva sección escribiré sobre diferentes cuestiones relacionadas con la fotografía. El propio título de la sección da pistas sobre los contenidos y expresa una paradoja fotográfica que existe entre dos conceptos complementarios y contradictorios al mismo tiempo. La mirada supone una acción voluntaria, una manera concreta de ver, mientras que mecánico tiene dos significados: por un lado, hace referencia a algo ejecutado por una máquina, pero también a un acto realizado de una manera automática, o sin reflexión. Esta especie de contrasentido con respecto a la mirada tiene en la cámara de fotos su nexo de unión.

Pero vayamos por partes. El fotógrafo que desea expresar su particular visión de la vida, necesita de un aparato mecánico, más o menos sofisticado y de una técnica relativamente compleja para poder comunicarse con los demás. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte. Si hay algo que nos distingue del resto de los animales con los que compartimos esta nave planetaria llamada Tierra, es nuestra capacidad para inventar y usar herramientas, sin las cuales hace ya muchos millones de años que habríamos desaparecido. Cámara fotográfica, máquina de escribir, pinceles, gubias, cinceles, violines, pianos y un sinfín de artefactos más —a cual más hermoso, complejo o sofisticado— son en realidad meros cacharros inútiles para nuestro prioritario instinto de supervivencia como especie. Sin embargo, cuando se ponen al servicio de la necesidad expresiva de un ser humano que nos ilumina la existencia con su esplendor artístico, esos artilugios inservibles se convierten en instrumentos fundamentales de nuestra existencia, sin los cuales ya no podemos vivir.

La práctica fotográfica, con sus diferentes técnicas, da igual que sean químicas o digitales, ha sido puesta al servicio de la comunicación y de la expresividad creativa, sin olvidar el uso científico de la misma, influyendo notablemente en la forma en la que los seres humanos nos vemos, nos comprendemos y nos comunicamos. Un ejemplo muy gráfico: hace apenas dos siglos, nadie que no perteneciera a una clase muy acomodada podía tener acceso a un retrato, propio o de sus seres queridos. Un suspiro en el tiempo después, no solo tenemos retratos de nuestros familiares, también fotografiamos con dedicación y esmero a nuestras mascotas, casas y cosas, los momentos importantes y las banalidades más absurdas.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de las nuevas tecnologías la fotografía ha adquirido una presencia en las relaciones humanas impensable hace apenas veinte años, cuando no era muy habitual que la gente tuviera una cámara de fotos y la toma de una imagen fotográfica a nivel popular estaba relacionada exclusivamente con alguna celebración familiar y con las vacaciones. Esas imágenes se guardaban con mucho celo en los álbumes fotográficos con los que nuestras tías (casi siempre) nos torturaban en las aburridas visitas familiares. De esa pequeña colección de recuerdos personales guardados con celo hemos pasado, casi sin darnos cuenta, al “gran ojo orwelliano” de las redes sociales, donde la mirada se ha vuelto mecánica. Nunca antes se habían producido tantísimas imágenes de nuestra vida, de nuestro mundo, de la naturaleza, de lo macro y de lo micro, de la ternura más empalagosa y del horror más lacerante. El peligro que nos acecha, si no nos ha alcanzado ya, es que nos quedemos ciegos de tanto ver, que no sepamos distinguir entre pequeñas verdades y grandes mentiras. Quizá, de mirar superficialmente a tantos sitios a la vez, no seamos capaces de ver nada con la suficiente intensidad, que de recibir tantos estímulos simultáneamente nos estemos volviendo insensibles. Y la fotografía ha contribuido a ello de manera decisiva. Hoy, casi todo el mundo hace fotos mecánicamente, con sus cámaras compactas, móviles o tabletas gráficas y con una calidad más que aceptable, gracias a unos mecanismos automatizados que son cada vez más precisos. Esas fotografías, compartidas en la red de una manera compulsiva, nos permiten tener acceso a la vida privada de muchísimas personas, que muestran su intimidad sin pudor alguno. Ese álbum de fotos de nuestras tías ya no es ese objeto íntimo en el que se guardaba con celo la memoria familiar; se ha convertido en el gran escaparate global, impúdico y banal, de la gran familia humana.

Hoy, cualquier persona que tenga un móvil con cámara incorporada y esté en el lugar adecuado y en el momento preciso, podrá tener su minuto de gloria periodística abriendo el telediario con sus imágenes, que serán repetidas hasta la saciedad por el resto de los canales informativos. Por otro lado, gracias a las múltiples aplicaciones y filtros que modifican una imagen automáticamente, consiguiendo efectos más o menos “artísticos”, podemos tener la ilusión de creernos artistas por un rato y compartir con nuestros “amigos” la increíble capacidad creativa que acabamos de descubrir. Todo esto, y algunas cosas más, podría llevarnos a la errónea conclusión de que la fotografía ha muerto de éxito-súbito-universal. Ahora bien, adquirir una cámara de fotos, del tipo que sea, no nos convierte en fotógrafos de prensa ni en artistas, de la misma manera que por tener una máquina de escribir, o teclear en un ordenador no somos escritores. A la fotografía le está ocurriendo lo mismo que ya le sucedió a la palabra, que comenzó siendo patrimonio exclusivo de escribas, monjes y sabios doctos en diversas materias. Con la llegada de la imprenta el acceso a los libros se fue generalizando, lo que no convirtió en lectores a todos los que aprendieron a leer y mucho menos se hicieron escritores todos los que escribían con mayor o menor soltura.

Hubo un tiempo en que se puso de moda tener un piano en el salón de determinadas casas. Para no poner en evidencia a su dueño, se idearon unos mecanismos que hacían mover las teclas al tiempo que sonaba una melodía. Pianolas se llamaban esos aparatos automatizados y supongo que a sus ejecutantes se les debería haber llamado “pianolistas”. Es posible que buscando, buscando, podamos encontrar las palabras adecuadas para expresar la nueva realidad fotográfica y así aclararnos entre tanta confusión semántica. De momento, propongo el de “fotolistos” para determinados enterados del ramo que están haciendo su agosto a costa de tanto desconcierto ficticio, alimentado con sesudas disquisiciones “teo-críticas”.

Mientras tanto, seguiré haciendo fotografías como siempre las he hecho y continuaré escribiendo conforme a mi torpe entendimiento y siempre que mi libre albedrío me lo permita.

©Carlos de Paz - Fotógrafo independiente

http://carlosdepaz.com




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