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Opinión - Juan Marcelo
(La Regadera) - 15/06/2014

JUSTA JUSTICIA

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JUSTA JUSTICIA


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Siempre he creído que mi inteligencia solo servia para razonar. Cual es mi sorpresa que la naturaleza también había previsto, en ese razonamiento, meter en el mismo caldero la capacidad de dilucidar, comprender, deducir o entender. Hoy en día me encuentro en una fase de mi intelecto donde el desfase de mi raciocinio y comprensión mental, me llevan a elucubraciones que rayan muy mucho en la paranoia.

Ocho señores responsables de ciertas áreas de un partido político, desvían fondos destinado a la formación de desempleados y ese dinero (8.000.000 de euros) lo destinan al apoyo y sostén económico de dicho partido. Veinte años después, se celebra el juicio. Asumen su responsabilidad y eluden su condena penitenciaria bajo la sentencia de un depósito de 380.000 euros.

Evitan cárceles y responsabilidades políticas y a esperar de nuevo a ver por donde sopla el viento. Convictos y confesos, es muy posible que el resto del dinero,- con ciertos ardores altruistas – hallan declarado que la cuantía que falta, se destino a la Congregación de la Hermanas Bien -Calzadas del Convento Helvetia (Suiza).

Depositaron esos 380.000 euros bajo la premisa y considerando del Juez de que no vuelvan a hacerlo. ¡Que es muy feo…! ¡Que dirán la gente…!

Bartolo Invernadero, natural del Ejido, agricultor, que saca tiempo hasta para empollarse las esquelas mortuorias de los periódicos, fue citado por el Juez bajo la acusación de haberse apropiado de un pollo de su vecino y su posterior ingesta.

Bartolo asumió su culpa y haciéndose eco de la noticia anterior, creyó suficiente la entrega al juez del pico del ave. El Juez considero poco atenuante y muy ofensiva esa propuesta y lo condeno a pagar un corral entero. Bartolo se fue del Juzgado mascullando entre dientes algo así como que la justicia no era igual para todos. Que todos somos iguales ante la Ley pero no para los encargados de ejercerla. Que hay unos mas iguales que otros.

Ante estos dos ejemplos, flaco favor le han hecho en Hispania a la diosa Thermis o Lustitia para los romanos. Hasta le vendaron los ojos para que no viera el manejo que se hacia de ellas.

La espada para los anónimos, los desarraigados, los desheredados y la balanza para los cargos públicos en continuo equilibrio, sin desestabilizarla. De nuevo, la venda sobre los ojos como no queriendo ver lo que ve, dejando las componendas a otros.

Los incautos condenados y los mecenas perdonados. Las fortunas respetadas y la precariedad como efigie común. La dignidad de las personas según su respaldo económico y la miseria en los otros como nulos avales. Garantía de los poderosos y marchamo poco fiable a los desheredados.

Poco a poco, se nos van despojando de la ancestral confianza en que la justicia no entiende de posiciones sociales. Que la Justicia no hace distinciones se trate de quien se trate. Que la misma, era igual para todos sin fijarse como atenuante lo que representa cada uno. Que la Justicia impera de tal modo que nadie debe esperar un trato de favor o un conato de arbitrariedad. Que la Justicia se puede reformar, mejorar pero nunca violarla sea quien sea y de la condición o posición social que derive el acusado.

Pues bien: Hoy en día, pienso que cada platillo de la balanza condiciona y mediatiza el peso de quienes son juzgados. No se juzga lo mismo a un Don que a un sujeto anónimo. Distinciones de clases hace desequilibrar esa balanza. Marginados exponiendo su hatillo de precariedad ante la justicia y el solvente personaje plasmando su heredad y apellido.

No somos todos iguales ante la ley.

La justicia tiene dos líneas bien definidas. Dos varas de medir. Una para el paria y la otra para el vividor. Los nuevos tiempos han condicionado a la Diosa Justicia para que se vea sometida, obligada a juzgar dos casos tan en paralelo como el de Pallerois y el Bartolo, dándole a cada uno una definición distinta y una sentencia poco en consonancia o afín a lo que tiene que representar realmente un justo y equilibrado veredicto.

La presión mediática condicionada, hace el resto.



Juan Marcelo




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