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Opinión - Jesús García Aiz
La Mirada de la Fe - 24/02/2019

AMAR Y SERVIR HASTA EL EXTREMO

"La muerte del misionero no fue fortuita, sino que fue ejecutado a quemarropa por el hecho de ser misionero"

Almeria 24h
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AMAR Y SERVIR HASTA EL EXTREMO


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El pasado viernes 15 de febrero, pasadas las 15:00 horas, la Inspectoría Salesiana de África Occidental Francófona informaba que había fallecido, asesinado, el misionero salesiano Antonio César Fernández, durante un ataque yihadista perpetrado a cuarenta kilómetros de la frontera sur de Burkina Faso. La muerte del misionero no fue fortuita, sino que fue ejecutado a quemarropa por el hecho de ser misionero, por lo que entonces, su muerte entraría en el terreno del martirio. Y el martirio no es un don que se busca. Es algo a lo que se llega a partir de la fe y el testimonio. Todos los mártires han llevado con fidelidad una lógica de fe, vida y alegría, viviendo en compromiso con los débiles y necesitados. Han amado y han servido hasta el extremo emulando a Cristo. Esta es la definitiva muestra de fidelidad de aquellos que han amado a Dios y a los hombres hasta dar su vida: renunciar a sí mismos para entregarse a la causa del Evangelio, a la causa del Reino, a la causa de Dios.

En plena persecución cristiana del Imperio Romano, el escritor eclesiástico Tertuliano de Cartago escribía en el siglo II: «La sangre [de los mártires] es semilla de los cristianos». Esta convicción de fe, desde aquellos primeros mártires cristianos hasta los de hoy, se basa en el mismo fundamento sólido de Cristo que, refiriéndose a su muerte redentora, dijo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Es más, para comprender mejor que la muerte de los mártires es semilla de cristianos, es bueno recordar que, en la parábola de la semilla, «la semilla es la Palabra de Dios», es decir, no sólo sus palabras reveladas, sino sobre todo la Palabra, con mayúscula, el Hijo que el Padre ha enviado y que el Espíritu Santo hace brotar en el corazón del cristiano, identificándolo con Cristo. Por eso, en su muerte testimonial, el mártir se identifica con Cristo, pero también el Espíritu actúa en los corazones de quienes acogen el testimonio del mártir, que se vuelve así particularmente convincente, significativo y fecundo. Así, el mártir nos ayuda a descubrir el gran valor del testimonio dado a Cristo al donar sin reservas la vida, porque se trata de defender (y no renunciar) las convicciones más íntimas y fundamentales de la persona creyente.

Desde luego, más allá del martirio, este servicio y testimonio de entrega de los misioneros en los lugares más necesitados, debería ser un referente para todos, pues realmente son nuestros más insignes embajadores. No obstante, ciertamente, el martirio es un don que puede ser pedido a algunos en un instante, pero que también se nos pide a todos día tras día, hora tras hora. Así pues, este amar y servir a Dios y a los hermanos, siempre nos debiera llevar a amar y servir hasta el extremo.

Jesús García Aiz




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